Un dia mas
—¿No querés avisarle a tu novia/novio/novie o compañera/compañero/compañere de viaje que estás acá? Más que nada para que no se preocupe.
—Vine sola.
—¿Sola?
—Sí, estamos en el siglo XXI, puedo viajar sola.
—Ya sé, hace casi 40 años que estamos en este siglo, a veces no me acostumbro, perdón.
—¿Sola hasta acá? ¿Me refiero a Kuala Lumpur?
—Sí, abuelo...
N* abrió la puerta y la invitó a pasar. La casa era modesta, no muy grande. Tenía una pequeña biblioteca, un pequeño equipo de música, un par de discos que reconoció inmediatamente, en la biblioteca una foto pequeña de cuando se recibió, que también reconoció, dos sillones de un cuerpo, un poco bajos, y una mesa donde no entraban más de cuatro personas. Una luz amarilla cálida iluminaba el ambiente.
Fue hasta la cocina y trajo una botella de agua y un par de vasos. Le dijo que no tenía mucho para ofrecer, ya que todo el alcohol y las bebidas habían quedado en la terraza. Le sirvió un poco de agua.
—Hidratate —le dijo.
—Ya estás acá, sentate, ponete cómoda. Seguramente querés hablar y saber qué pasó, ¿no? O al menos hacer tu descargo.
Él no sabía si mirarla a los ojos o esquivar su mirada. Ella se sentó y cruzó las piernas.
—¿Por qué te fuiste?
—Porque tuve miedo y, al perder lo único que me daba un poco de sentido a las cosas que hacía, lo único que me quedaba eran puros impulsos. ¿Por qué lo hiciste?
—No sé. Creo que quería saber cómo era estar con otra persona. Y no sabía que una decisión tan estúpida iba a terminar con todo.
—¿Te parece mucho? ¿Te parece Poco?
Ella no respondió.
—¿Y a qué viniste? Me imagino que Kuala Lumpur es parte de una escala en el viaje que estarás haciendo para ir a otro lado.
—No. Por ahora vine a hablar con vos. Después veré qué hago.
—¿Todavía me odiás?
—No sé. Pensé que con el tiempo se me iba a pasar.
—¿Y no?
—No del todo.
—Entonces, ¿solo viniste a hablar?
lo decía con una sonrisa amarga.
—Quiero recomponer las cosas.
—No hay nada que podamos recomponer, D*.
—¿No? ¿Y entonces por qué me dejaste esa nota? ¿Con tu dirección del otro lado del mundo? ¿Con esa frase boluda al final: "sin rencores"?
—Cuando te vi en el velorio, sé que fui un poco seco y distante. No estuvo bien hablarte de esa manera y darte una hora para que te quedaras ahí. Te pido disculpas. Creo que la situación me superó.
—Está bien. Yo quería despedirme de tu mamá. Siempre fue muy buena conmigo y con mi familia. Fue una de las pocas personas que estuvo cuando falleció mi viejo y, cuando vos te fuiste, también estuvo. Ella sabía menos que yo de todo lo que pasaba a tu alrededor. Creo que nunca supo por qué lo nuestro terminó; creo que simplemente aceptó que no todos estamos para siempre con alguien. Fue una sensación un poco rara verte en el velorio. Sabía que ibas a estar. Era raro, como ver un fantasma, un amigo y un ex al mismo tiempo. Pero creo que era más alivio que otra cosa.
—Creo que yo también sentí alivio de saber que aún estabas viva. Me repetí durante años que no quería saber nada de vos. Te mentí cuando te dije que me dieras unos días antes de que fueras a casa. Quería hablar con vos, pero no te lo iba a hacer tan fácil.
—Sos un hijo de puta y un cagón —gritó D* con los ojos brillando.
—Sí, tenés razón, y muchas cosas más.
— Y vos me hiciste mierda. Me fui lo más lejos que pude porque sabía que no ibas a venir. Me fui corriendo como una rata y sin pensarlo. Era lo único que podía hacer para no romperme del todo, porque sabía que si me daba media vuelta, o si lo pensaba por una fracción de segundo, iba a volver, a tratar de entender todo y arreglar las cosas, o hacer como si nada hubiese pasado. Y si volvía, estaba seguro de que lo ibas a volver a hacer. Se me había roto el corazón como nunca me lo habían roto. Me quedé sin nada, salvo el amor propio suficiente para no volver. Mirá esta habitación, es todo lo que tengo.
—Ocho años.
Hizo un gesto señalando la habitación.
—Esto es lo que construí en ocho años en el culo del mundo.
—Vos también me rompiste el corazón. No te das una idea de todo lo que lloré por vos. Iba a la casa de tu vieja y le preguntaba dónde estabas. Fui a tu trabajo, pasé por la casa de Cañuelas, hice todo para saber de vos. No te das una idea de lo angustiante que fueron esos primeros tiempos.
—A mi vieja y a mis hermanos solo les conté que lo nuestro no había funcionado, nada más. Que no había nadie en el medio. Simplemente se nos terminó el amor. Les pedí encarecidamente que no se enojaran con vos ni un poco, que te quisieran como a la vecina, la D* que siempre fuiste. A ellos tampoco les dije dónde me iba porque, en realidad, no sabía dónde iba a ir. Solo les dije que cuando me instalara me iba a poner en contacto.
—Sos un pelotudo.
Le temblaba la voz.
— Yo te amaba.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
— Y yo también, imbécil.
— Ocho años, D*.
— Ocho años.
— Y no hubo un solo día.
Él también tenía los ojos llenos de lágrimas.
Ella estalló en llanto. Él se acercó lo más rápido que pudo para abrazarla y contenerla. Él sentía cómo sus lágrimas mojaban su camisa. La abrazó fuerte mientras lloraba también, y las gotas le mojaban la espalda. Los dos tenían los ojos cerrados y lloraban por todo lo que habían perdido. Era un llanto de bronca y dolor.
Estuvieron un buen rato abrazados. Ella sentía cómo latía su corazón, rápido como si todavía estuviera corriendo, y él sentía la respiración de su pecho y el calor de su aliento.
Finalmente, dejaron de abrazarse, se miraron durante unos segundos que parecieron eternos y terminaron besándose con ternura y timidez. Se dieron un beso suave, de esos que se dan con amor y cariño Quizás como un primer beso. Ella le secó las lágrimas que aún tenía N* en la cara.
—¿Todavía hay tiempo para recomponer las cosas?
—Perdón, D*, pero no. Lo que se rompió no lo podemos arreglar. Nos lastimamos mucho. Yo dejé mi corazón roto en ese departamento. Y sabelo: nunca más pude volver a formar una pareja estable —se lo dijo susurrando.
—¿Por qué me lo hacés difícil? —le respondió ella en el mismo tono, como si estuvieran contando un secreto.
—Lo difícil ya pasó. Ahora estamos acá.
Ella lo volvió a besar.
—Me hiciste mucha falta.
—Y vos no te das una idea de cuánto.
—También perdí todo.
—No.
El la miró confundido.
—Los dos perdimos. Perdimos a nuestro mejor amigo, a nuestro confidente, a nuestro amante. Perdimos a la persona que estaba cuando todo iba bien y también cuando todo iba mal. Perdimos a quien nos hacía reír, a quien conocía nuestros defectos y aun así se quedaba. Perdimos nuestro lugar en el mundo. O al menos eso fue lo que yo perdí.
Se abrazaron fuerte, buscando en el otro algo de las personas que habían sido.
—¿Y ahora? —N* le dijo en un susurro.
—No sé. Creo que necesitaba saber que seguías existiendo.
Le contesto D* al oido