Anthem 1
Esta vez ella había tomado la iniciativa.
D* inventó una excusa para ir a tomar un café con él. Le dijo que tenía que hacerse un control médico de rutina cerca de donde él vivía. Le indicó el día y la hora. N* aceptó y le comentó que el mejor café de la zona era uno que estaba a un par de cuadras de allí.
Llegó el día. Los dos habían llegado un poco más producidos de lo habitual. Incluso se habían afeitado. Sí, sí... los dos.
N* llegó unos minutos más tarde de la hora señalada y respiró aliviado al ver que D* aún no había llegado. Sabía que la puntualidad no era su fuerte. Tampoco la de él.
Diez minutos después apareció D con un vestido de flores diminutas y unos zapatos de taco alto. Él no pudo evitar quedarse mirándola unos segundos. Él, en cambio, estaba medio *random*: llevaba una camisa de mangas largas arremangadas, jean y zapatillas. El típico *outfit* de él a los cuarenta.
Ella se sentó a su lado y le dijo, mitad en broma y mitad en serio:
—Sentate delante mío, no sos mi minita.
—Jajajaja, qué boludo. Vos tampoco sos mi minito.
—Exacto.
—Nunca supe bien a qué viene eso...
—Uhhhhh... ¿Nunca te conté esa historia?
—¿Cuál?
Él acomodó la voz y puso voz de viejo...
—Todo empezó cuando era muuuy chico, en los ochenta. Habíamos ido a cenar con mis papás a una pizzería por el centro y nos sentamos todos en una mesa. Frente a la nuestra había otra donde estaba una pareja de jovencitos. La muchacha se sentó y el muchachito se sentó al lado de ella. Al lado, ¿entendés, nena?
Le hizo un gesto señalando el asiento a su costado. Después aclaró la voz y volvió a hablar normalmente.
—Unos minutos después se acercó el mozo y le dijo algo al oído al muchacho. Acto seguido, se levantó como un resorte y se sentó frente a ella, mientras el mozo le acomodaba la silla. No sé qué le habrá dicho. Quizás que molestaba el paso, o que un caballero se sienta frente a la dama, o que esa silla estaba medio floja... o andá a saber. Pero, a partir de ahí, tomé como una especie de dogma que el caballero se sienta frente a la dama.
—Sí, pero yo no soy tu dama.
Lo dijo en broma. Él la miró con cara de enojado, sin estar realmente enojado, frunciendo el ceño.
—No, pero sos una dama y no una minita.
Y agregó:
—Sentate enfrente, carajo, y no me hagas enojar.
Ella se rió.
—Sentate vos enfrente mío. ¿No sos el caballero?
—Tocuhez...
Corrió la silla y se sentó frente a ella.
—¡Listo!
Ella amagó con mover la silla hacia el lugar donde él había estado sentado.
—No jodas. Movés esa silla de lugar y me voy.
—Bueno, bueno.
Y los dos se rieron.
—No conocía esa historia.
—Fue algo observacional, nada más.
Estuvieron hablando de todo un poco, riéndose y contándose historias.
En un momento, a N* le llegó un mensaje. Lo leyó y simplemente dijo:
—¡Nice!
—¿Qué pasó?
—Me acaban de confirmar el booking de uno de los hoteles.
—¿Hoteles? ¿Más de uno? ¿Adónde vas?
—Ah, cierto... hay algo que no te conté. A fines de marzo me voy un mes al Sudeste Asiático. Es un viaje que vengo planeando hace meses y recién ahora me confirmaron el booking de uno de los hoteles.
—Wow... Lo tenías guardado.
—No fue a propósito... simplemente no había aparecido el momento.
—Porque me contaste una historia de cuando las cosas eran analógicas.
—Jajaja, qué boluda. Te lo iba a contar el día de tu cumple, pero se me pasó.
—¿Dónde vas a ir?
—La idea es ir primero a Singapur. Ahí tengo unos amigos y quedamos en recorrer Tailandia, Camboya y Vietnam. Ellos me van a hacer de guías. Creo que va a ser el viaje de mi vida.
—Qué envidia, chabón.
Él sonrió y le dijo:
—Quién sabe... Algún día vos también lo hagas.
Por dentro quería decirle que se viniera con él y descubrieran esos lugares juntos, pero se contuvo.
—Voy yo primero para ver cómo es la onda. Si los monos son agresivos, si la gente es buena onda o si la comida está buena. Después te cuento, así vas vos más informada.
Ella sonrió con ternura.
—Jajaja. Si estuviera al lado tuyo, te abrazaría.
Él sonrió y le dijo:
—Pero bueno... me tenés enfrente, así que me podés agarrar las manos.
Él apoyó las manos sobre la mesa, con las palmas hacia arriba. Ella se tomó unos segundos. Primero extendió una mano, luego la otra y, finalmente, las tomó. No dejaba de mirarlas. Ninguno de los dos dijo una palabra. Sin darse cuenta, ambos apretaron apenas las manos del otro.
En ese momento sonó el celular de D*. Los dos miraron. En la pantalla decía: Daniel.
Automáticamente se soltaron las manos, como si estuvieran haciendo algo indebido.
Ella atendió y su expresión cambió por completo. Él trataba de interpretarla. Ella solo respondía con monosílabos y tenía los ojos brillosos. Le dijo que en un rato iba a estar ahí.
Cortó la llamada, miró un momento por la ventana y solo dijo:
—Me tengo que ir. Parece que el hermano de Daniel se quiso suicidar. Está internado en una clínica del centro. Me pidió si podía ir.
—Ok. Andá tranquila. Después hablamos.
Ella le dio un abrazo y salió casi apurada del café.
N* no se movió.
Permaneció unos segundos mirando sus propias manos apoyadas sobre la mesa. Después levantó la vista hacia la silla vacía que tenía enfrente...