Ojo blindado
La fotografía fue algo que me pegó de adolescente, cuando empecé a leer fanzines y veía las fotos de las bandas en los recitales, de la gente volando en el medio del pogo, de las mismas bandas saltando de un lado al otro. Esas expresiones, esa violencia y esa furia lo eran todo. Nunca fui bueno para los instrumentos, pero sí tenía buen ojo. Y yo quería hacer eso que veía...
Mi tío tenía una Pentax K1000 que no andaba bien. Se la pedí y me la regaló. Él tenía otra cámara automática y la Pentax era toda manual. La mande a arreglar y quedo como nueva, Tomé un curso de fotografía en un centro cultural en el barrio. Aprendí bastante rápido, más que nada porque siempre fui un poco autodidacta. Aprendí sobre velocidades, aperturas, ASA, cuál convenía y en qué momento. Tenía 15 años; fue antes de que me mudara a Lanús con mis viejos y mis hermanos. Pasamos de alquilar un departamento en Barracas a vivir en una casa. Para mí, Lanús era como estar en el culo del mundo, pero como iba seguido a recitales, también me había hecho amigos por la zona. No me molestaba viajar, era algo que había hecho desde chico. E ir a recitales en el culo de la ciudad o en el conurbano era toda una aventura. Nunca estaba solo, o muy pocas veces.
Era la época en la que empezó a explotar Fun People; después vino toda la movida DIY, con ese espíritu de autogestión y ese punk hecho a mano. Iba con la cámara, me acercaba a las bandas y les preguntaba si no les jodía que les sacara unas fotos en los recis. Todos decían que sí y, de esa forma empece a conocer gente y muchos amigos. Hablaba con pibes que hacían fanzines y me pedían las fotos. Al principio les daba las copias sin nada a cambio, salvo que me mencionaran en algún lugar como N*, mi nick JS27 o Cabe, los mismo con las bandas.
De a poco me empecé a hacer de un nombre. Me preguntaban si podía ir a tal o cual recital; muchas veces entraba gratis, aunque convengamos que, en general, las entradas no superaban los tres pesos, pero era plata que quizas despues me servia para comer una pizza o tomar algo. También empecé a pedir colaboraciones para cubrir el costo de las fotos, porque los negativos, los revelados y las ampliaciones costaban plata. Para abaratar costos empecé a revelar mis propios negativos, porque era la parte más fácil, en realidad. Y como siempre usaba el mismo rollo, le había sacado la ficha muy rápido: el Ilford HP5 era mi favorito por su versatilidad. Podía llevarlo de 400 a 3200 ASA y se la bancada.
De a poco fui armando mi pequeño setup de lentes: primero un 28 mm y después un 24 mm para estar más cerca del pogo. Un flash para que se viera todo más nítido en medio de la oscuridad.
Todo esto me llevó a que, en un par de años, tuviese un lugar en la escena. A veces íbamos varios pibas y pibes a cubrir un reci y sacar fotos; éramos una crew bastante grande y la base de operaciones siempre estaba en Barracas, o los viernes en la feria de fanzines del Congreso, o en la feria de discos de Parque Rivadavia los domingos al mediodía. Muchas de mis fotos aparecían en revistas, fanzines, contratapas de discos y flyers. Se digitalizaban y pasaban, con un par de clics, de un lado al otro. Nunca lucré con eso, no me interesaba.
En esa epoca tambien acompañaba a mi viejo a laburar. Él era plomero y, a veces, necesitaba que le diera una mano para picar paredes. Nos llevaba a mí y a Lucas, y estábamos todo el día picando paredes como dos boludos. Eso siempre pasaba en verano, eso también era una fuente de ingreso, para comprar materiales (rollos y quimicos), discos y revistas
También recorría el barrio sacando fotos de cosas que me llamaran la atención. A la vuelta vivía una familia que siempre nos cruzabamos. Descubrí con el tiempo que el señor se llamaba Carlos y era carpintero. Cada tanto charlaba con mi viejo; se llevaban bien y se pasaban trabajos. Una de las cosas que me gustaba era sacar fotos de la gente trabajando. Le saqué fotos a mi viejo picando una pared —cada tanto le tocaba—, a Carlos lijando una mesa, a Jorge, el mecánico del barrio, limpiando un carburador, y a doña Estela en su mercería, o los paraguayos de la carnicería.
Siempre fui bastante tímido, pero cuando estaba detrás de la cámara era como si tuviera un escudo de inhibición y le preguntaba cosas a todo el mundo.
Un verano estábamos en la calle con mis hermanos boludeando y aparecieron las hijas de Carlos. Eran muy chicas y nos preguntaron si queríamos jugar con ellas.
—¿A qué? —preguntó Lucas.
—A la mancha —dijo Aldana, la más grande.
—Dale —respondió Valentina.
Y arrancamos. No pasaba nadie por la calle, así que corríamos de un lado para el otro. Cuando venía un auto, siempre alguien gritaba:
—¡Auto!
Y todos nos subíamos a la vereda.
Después fui a comprar unas bombuchas al kiosco de la otra cuadra y empezó la batalla con agua: chicas contra chicos. Se sumaron un par más. Había sido una tarde muy divertida.
Fui a buscar mi cámara porque quería retratar esa batalla y ese momento de diversión, era gracioso como las pibitas corrían a los pibes y después venia el contra ataque, todo habia quedado registrado, como tenia la cámara en la mano, tenia inmunidad, igual termine mojado por el fuego amigo. Tenía 16 años; faltaban unos meses para cumplir 17. Quizás ese iba a ser uno de los últimos momentos en los que jugaría como un infante.
Cuando bajo un toque el sol, y seguía la batalla, pedí un tregua y Les dije a todos, incluida Valentina, que se pararan contra la pared porque les iba a sacar un par de fotos, que pusieran caras raras o graciosas. Y así lo hicieron. Eran como ocho pibitas y pibitos de entre siete y trece años, más la grandota de mi hermana, que ya tenía veinte.
Saqué un par de fotos más. La hermana de Aldana me preguntó si se podía sacar una foto con su hermana y, obviamente, le dije que sí.
—¿Cómo te llamás?
—D*.
—Yo soy N*.
—Qué raro que estén jugando en la calle ustedes, que tienen pileta.
—La están arreglando — segun lo que dijo su papá.
—Ah, ok.
Al final le dije:
—Cuando las revele, te las regalo flaquita
Seguí un par de años más con la fotografía, pero sabía que no iba a ser para siempre, al menos no de forma activa. Hacer coexistir el hobby, la carrera, el amor, los amigos y las responsabilidades que empezaban a aparecer hizo que, poco a poco, fuera priorizando unas cosas sobre otras, para bien o para mal. No me veia trabajando como fotógrafo, era algo que me daba placer y no quería que se convirtiera en una rutina aburrida.
Algo que me pasaba con tantos negativos era que muchas veces me olvidaba de revelarlos; o, si los revelaba, me olvidaba de ampliarlos; y si los ampliaba, me olvidaba de entregar las fotos. Era pésimo con la organización. Convengamos que no le debía nada a nadie, así que nadie podía venir a reclamarme nada...
Y pasó lo mismo con estas fotos.
Cuando las tuve en mis manos, reveladas, ampliadas y listas, el tiempo ya había pasado.Como dije antes, las responsabilidades se hicieron presente, la facultad y el trabajo tomaron mucha mas relevancia, al punto de que quizás veía a mis amigos una vez cada 15 dias o menos.
las niñas que jugaban a la mancha en la calle ya eran adolescentes, armamos una buena amistad, porque la veían a Valentina como un modelo a seguir, a mi como el que iba a recitales y siempre tenia una remera de una banda que nadie conocía. Y Lucas se la pasaba haciendo bromas, Aldana era muy buena onda, y D* le empezo a gustar el rock y la distorsión, asi que cada tanto me preguntaba por alguna banda, o cosas por el estilo, le fui pasando muy de a poco algo de música como un jedi master a una joven padawan.
Había tenido mi primer amor y mi primer desamor, que fue destructivo y toxico, las primeras pérdidas también, con esfuerzo pude tener mi título universitario de ingeniero en alimento. Aplique para un trabajo en el interior, Mendoza mas precisamente, asi que estuve una temporada haciendo mis primeras armas en la ingeniería en Alimentos.
Tenía 28 años. Mi viejo ya no estaba. Por otro lado mi hermana había tenido a Juancito y se instalo en nuestra casa, asi que cuando volvi, mi casa ya no era tanto mi casa y estaba bien, asi son las cosas.
Dejé todas esas fotos de la guerra de bombuchas guardadas en un sobre, junto con muchas otras. Volvía a Barracas, a vivir en un monoambiente porque me resultaba más fácil moverme, pero nunca perdí contacto con el barrio, porque todavía ahí estaban las personas que quería. Además, mi vieja siempre me cocinaba, así que me iba con tuppers llenos de comida y demás.