Good Riddance
La mañana me encontró desnudo en la cama, durmiendo de costado. Estiré el brazo y la toqué. Inmediatamente pensé que esta vez no (o si) era un sueño... o que todo lo anterior sí (o no) lo había sido. Toqué su espalda. No era un sueño, al final. La acaricié, ya no tenía la piel turgente y tersa, pero seguía siendo hermosa. Su tatuaje en la espalda me seguía mirando y seguía incompleto desde mi perspectiva. Le besé el hombro, hizo un ruido gutural, como un ronquido, una carraspera o algo así.
Sentí esa normalidad de antaño, como si nada hubiese cambiado, la ciudad empezaba a levantar temperatura, pero todavía era soportable.
Me levanté sin hacer mucho ruido. Me puse un pantalón corto y una de las remeras que uso siempre para dormir, fui al baño y al salir, ella se estaba levantando.
—Buen día, ¿Dormiste bien?
—Como un bebé
contesto ella y me sonrió.
—Nice.
—¿Tenés planes para hoy?
le pregunté.
—Es sábado, no laburo y, si querés, puedo hacerte de guía por la ciudad.
—Dale, me gusta la idea.
—Antes vamos a desayunar. Estoy cagado de hambre.
—Yo también.
—Primero necesito bañarme
dijo ella.
—Ídem
respondí.
—¿Juntos?
Me reí un poco. Ella no entendió por qué me causaba gracia.
—El baño es diminuto y convengamos que ya no soy tan elástico y comprimible como antes, jejeje.
—Bañate tranquila, si querés. Después te seco.
Y le sonreí.
—Mmmmm... me gusta.
—Tenés cepillos de dientes en el segundo cajón, debajo de la bacha.
—Ok.
Se escuchó de fondo.
Cuando salió de la ducha la vi, tan hermosa como siempre. El tiempo había pasado, pero ella seguía siendo increíble. Se acercó todavía con el pelo mojado y me sonrió. Mis manos todavía recordaban dónde buscarla, esos lugares para acariciar y besar, las de ella parecían recordar al detalle lo mismo. Algunas cosas habían cambiado; otras seguían exactamente donde las había dejado ocho años atrás. Volví a escuchar sus gemidos, su respiración y a sentir el olor natural de su piel.
La luz de la mañana entraba por la ventana sin que ninguno intentara correr las persianas, la vi acomodarse el pelo y recién entonces recordé que nunca las cerrábamos. Siempre nos había gustado mirarnos mientras cogíamos.
Acabamos juntos. Debo reconocer que me costó un poco; estaba fuera de estado. No porque no entrenara, sino porque, bueno...
Estábamos transpirados y cansados. Tuve que darme una ducha rápida. D* tuvo que hacer lo mismo. Veinte minutos después estábamos afuera.
Caminamos unas cuadras hasta un café y desayunamos...