Airport Monday Morning (POV N*)
Desde su perspectiva:
Primero pasé por el free shop para ver qué había, nada más. No tenía pensado comprar nada de ida, salvo algunas golosinas, alfajores o cosas por el estilo para mis compañeros mexicanos y no llegar con las manos vacías.
Me di cuenta de que necesitaba hacer una escala en el baño.
Una vez que terminé, me paré en el pasillo ancho que estaba a no más de cincuenta metros del lugar donde tenía que abordar. Me estaba acomodando la camisa y viendo la hora cuando levanté la cabeza y estaba ella caminando hacia mí. No sé si me reconoció en el primer momento o si necesitó acercarse un poco más para ver si era yo. Yo sí la vi.
En ese instante recordé todas las veces que la había visto antes.
Con cara de aburrida, enojada, con el pelo de colores, con anteojos, corriendome por la calle, con lentes de contacto, sentada al lado mio en el bondi, triste, con y sin sus súper pechos, delante del lente de mi camara, sin tatuajes y con muchos tatuajes. La vi reflexiva y la vi comiéndose el mundo, festejando. La vi llorando y puteando como un colectivero. La vi en bolas jugando con un dildo.
Pero nunca la había visto caminando hacia mí de esa manera.
Con su metro sesenta y cinco parecía imponente. Llamaba la atención aunque no hiciera absolutamente nada, pero ella solo se había fijado en mí.
Era como un regalo.
Le iba a decir un piropo, pero no quería quedar como uno de los tantos pajeros que se le acercaban a hablarle. Pocas veces me quedaba sin palabras, pero esta creo que fue la primera vez, fue como un cachetazo.
Solo le sonreí y le dije una boludez, como siempre hacía. Se rió y me devolvió el chiste. Era rápida para responder.
Nos abrazamos y ahi sentí su perfume. Creo que era uno de Dior, de esos que se te quedan pegados durante horas.
Me preguntó para dónde iba. Le conté del viaje de laburo. Ella se iba de vacaciones a Colombia, a una de esas playas hermosas.
Como tenía que hacer tiempo y el novio todavía no había llegado, le pregunte por su vuelo, y aun estaba a tiempo.
Me salió decirle:
—Bueno, menos mal. No hay que dejar esperando a una morocha que raja la tierra como vos.
Se le fue enseguida la cara de fastidio que tenía por estar esperando en el aeropuerto.
acto seguido, la invité a tomar un café. Tiró toda mi caballerosidad a la mierda cuando quiso pagar ella, aunque aflojó después de un chiste.
Le hice las preguntas de rigor para ponerme al día con su vida. Hablamos de su familia, de mis viejos, de Anita y su hermano, del trabajo y de cómo nos había tratado el último tiempo. Ella me dijo que no salía tanto, que con el OnlyFans le estaba yendo bien y que el estudio también funcionaba, así que ambas cosas se complementaban.
Cuando le dije que iba a pasar un mes allá, preguntó:
—¿O sea Navidad y Año Nuevo allá?
—Y sí. No me queda otra.
Se preocupó un poco, pero enseguida cambió de tema.
Me elogió lo elegante que estaba.
—También me bañé y todo. Hasta colonia Paco me puse.
Le mostré las Swiftie bracelets que me había hecho Analía. Una decía "birra" y la otra "milanesa".
Le parecieron tiernas.
Le dije que, si le gustaban, le regalaba una.
Me dijo que no, que como eran un regalo de Anita era mejor que me las quedara, tenía razón.
—Para tu cumpleaños te regalo una hecha por mí.
Le pregunté qué le gustaría que dijera.
—Mi plato favorito.
—Era fácil... Risotto.
—Más te vale que eso solo no me regales.
Me dijo.
—Te voy a traer un sombrero mexicano. De esos enormes y al pedo.
Le causó gracia.
—Es como si alguien te regalara un loro para tu cumpleaños.
respondió
—Totalmente. Si te regalan algo así, esa persona te odia con todo su ser.
Miré alrededor y le dije:
—Cada vez que piso un aeropuerto me acuerdo de "Airport Monday Morning", de Lifetime
—Jajaja, sí. Qué tapa horrible que tiene ese disco. Lo tengo todavía. ¿Lo querés?
—No.
—Te lo vendo muy baratito.
—Jaja, terrible. Sos una mercader fenicia. Igual, la letra no tiene nada que ver.
Me puse a ordenar un poco la mochila para guardar las cosas que compre, así que primero saqué la cámara.
—¿Me vas a sacar una foto?
Me preguntó.
Hice una mueca. La verdad es que no había sacado la cámara para eso.
—¿Puedo?
—Vos sí.
Prendí la cámara, la puse en prioridad de apertura y me alejé un poquito para que el fondo saliera desenfocado y ella quedara nítida.
Hizo una pose graciosa.
—¿Siempre salís con cara de boluda?
Estalló de risa y disparé.
—Vamos con otra que saliste movida. Esta vez tratá de no ponerte bizca.
—¿Qué!?
Y disparé otra vez.
Saqué tres, pero elegí dos. Eran fotos muy naturales y divertidas.
Las pasé al celular, les hice unos retoques mínimos y se las envié por AirDrop.
—Saliste como el culo.
—Eso pasa porque sos malísimo, N*.
—Son tuyas. Lo malo es que creo que no tienen valor comercial... creo.
Me dijo:
—Están buenísimas!
—Espero que no se enoje tu novio. No quisiera tener problemas.
—No pasa nada. Son fotos mías y es lo que importa.
Dejé la cámara a un costado y saqué la Switch.
En ese momento ella empezó a buscar algo en la cartera y después en el carry-on.
La vi revisar la valija con una cara que no era normal. Ahí me dijo que se había olvidado la Switch.
Me dio un poco de cosa verla así, y le ofrecí la mía. Tenía unos cuantos juegos, los clásicos, y no estaba jugando mucho como para tenerle tanto apego.
Primero no me la aceptó.
Le insistí hasta que terminó diciendo que sí.
Le sonreí. Por lo menos ya no se iba a aburrir si el novio tardaba un poco más
Me pregunto
—¿Qué estás leyendo ahora?
—A Mariana Enríquez...
Me contó que, por ahora, solo había leído sus cuentos
Le dije que me gustaba porque escribía sobre lugares que conocía y de terrores bastante reales.
En un momento recibió un mensaje y decidió no verlo.
Inmediatamente después entró un llamado.
Como no quería meterme, me puse a mirar a la gente que caminaba de un lado al otro.
Pasó un rato y anunciaron mi vuelo, honestamente, no me quería ir.
Ya habían llamado al primer grupo para embarcar, pero seguimos hablando. No quería que mi vuelo saliera, ni que llegara su novio.
Repasamos los recitales del 2023.
Yo sabía que venían Blur y The Hives. Ella me habló de Paramore y de los que iban a tocar en el Lollapalooza ese año.
Le conté que había escuchado que también venía Blink-182, aunque no sabía cuándo.
Le dije que íbamos a ir sí o sí y que iba a venir conmigo al pogo.
En el segundo llamado sí me tuve que levantar. Ya no tenía más excusas.
—No me preocupa dejarte sola. Sabés cuidarte bien, D*.
Le dije. La miré una última vez.
O, mejor dicho, fue la primera vez que la miré de una forma distinta. Siempre la había mirado, pero esta vez vi algo más en esos ojos marrones, casi negros, que parecían mani con chocolate. Podría haber estado todo el día mirándola sin decirle nada. Bajé la vista, fingiendo que buscaba algo, para que no se diera cuenta de que me estaba pasando algo. Al fin y al cabo era el N* de siempre. Y ahora, con cuarenta y dos años...
¿Qué iba a hacer?
pero si, le agarré la mano y le dije
—Qué bueno encontrarte... nos vemos.
Era algo que nunca le había dicho, y tenía la necesidad de hacerlo.
Me levanté y nos abrazamos.
Cuando nos soltamos sentí que el abrazo había durado menos de lo que quería, o al menos que su perfume se me pegara un poco más.
Le dije que me cuidara la Switch.
Ella me respondió que la iba a vender, mientras yo me iba.
Hice unos metros y tuve el impulso de darme vuelta para verla, aunque fuera una fracción de segundo.
Para mi sorpresa, ella me estaba mirando. Eso sí que era raro.
Le sonreí y seguí.
Hice la fila para embarcar fantaseando con cómo sería viajar con ella, corriendo, hablando de pavadas, agitados por no llegar, o simplemente compartiendo un café hasta que llamaran al vuelo.
Ya en el avión volví a mirar las fotos que le había sacado.
Nunca me animé a decirle que había una tercera donde estaba increíble.
Guardé la cámara.
Miré por la ventanilla mientras el avión empezaba a moverse.
Qué raro había estado todo.
Algo había cambiado.