(I've got you) Under my skin
Las razones de por qué D* tiene tantos y tan hermosos tatuajes son de público conocimiento. Recuerdo cuando se hizo el primero, en la Bond Street, y fue un camino de ida. Convengamos que su piel, suave y siempre impecablemente cuidada, fue (y sigue siendo) un lienzo perfecto para ese tipo de arte.
Sin embargo, sería un error pensar que todo empezó y terminó en una cuestión estética. Mucho antes de convertirse en una de las modelos tatuadas más reconocidas por estos lados, ya disfrutaba de la fotografía y del modelaje, aunque nunca terminaba de sentirse cómoda con la imagen que proyectaba. Los tatuajes aparecieron como una forma de encontrar una identidad propia, una estética con la que finalmente pudiera reconocerse.
A partir de ahí dejó de intentar encajar en un arquetipo de belleza tradicional y construyó uno completamente suyo. El modelaje, la fotografía, los tatuajes y más tarde el cosplay (en algunos casos) terminaron fusionándose hasta volverse inseparables. No eran actividades distintas; todas parecían formar parte de una misma manera de expresarse.
Creo que lo más interesante es que nunca dio la impresión de tatuarse para llamar la atención. Siempre habló de la libertad, de ser fiel a uno mismo y de vivir lejos de los prejuicios. Sus tatuajes parecían responder exactamente a esa filosofía. No estaban hechos para agradar a los demás, sino para sentirse cómoda con la persona que veía todos los días frente al espejo.
Tampoco parecía existir una necesidad de tatuarse por tatuarse. De hecho, llegó a decir que prefería mejorar algunos de los diseños que ya tenía antes que seguir incorporando nuevos. Eso termina de reforzar la idea de que nunca buscó llenar su cuerpo de tinta; buscó construir una imagen en la que pudiera sentirse completamente ella.
El caso de N* era bastante distinto. También tenía tatuajes, pero las razones eran otras. Nunca los pensó como una cuestión estética ni como una forma de construir una identidad. Más bien fueron apareciendo a medida que la vida le iba dejando excusas para hacerse uno más.
Los primeros, a los que él mismo llamaba "escrachos", eran homenajes a las bandas, series y películas que habían marcado su adolescencia: Screeching Weasel, Descendents, Ramones, Riverdales, además de su fanatismo por Star Wars, Robotech y Evangelion. Todos estaban en las piernas y, según él, eran horribles. Nunca tuvo el menor problema en reconocerlo. Al contrario, les tenía un cariño especial justamente porque eran parte de su historia.
Casi todos habían sido hechos por amigos que recién empezaban a tatuar. Mientras otros buscaban un tatuador con experiencia, N* simplemente ofrecía el cuerpo para que practicaran. Si el resultado salía torcido o desprolijo, mejor todavía: era parte del recuerdo.
Sin embargo, había dos que ocupaban un lugar completamente distinto.
Cuando su sobrino Juan empezó a dibujar cada vez mejor, aunque todavía con ese trazo imperfecto y encantador que tienen los chicos, N* le pidió que le hiciera un dibujo para tatuárselo. Juan, sorprendido, le preguntó qué quería que dibujara.
—Lo que tu corazón decida.
Era una frase que N* usaba cuando no sabía qué responder, pero Juan se la tomó completamente en serio. Pasó varios días pensando hasta que, con cierta timidez, le alcanzó una hoja.
Era un lobo haciendo surf con una cerveza en la mano.
N* se enamoró del dibujo al instante.
—¿Y dónde te lo vas a hacer?
preguntó Juan.
N* lo pensó unos segundos.
—Por el tamaño... creo que en el pecho.
A la semana siguiente ya lo llevaba tatuado.
Unos años más tarde hizo exactamente lo mismo con Analía, cuando ella cumplió siete años. Le pidió un dibujo sin darle ninguna indicación, confiando otra vez en la imaginación de un chico. Ella le regaló una empanada bailando con una tacita de café en la mano. Ese tatuaje terminó en el otro lado del pecho, como si ambos dibujos estuvieran destinados a acompañarse para siempre.
Creo que a N* nunca le importó que, como él mismo decía entre risas, su piel terminara pareciendo "un cuero de chancho". Al igual que D*, entendía que esos dibujos también hablaban de quién era. La diferencia estaba en que, mientras ella construía una identidad a través de una estética cuidadosamente elegida, él simplemente iba dejando que su historia se escribiera sobre la piel.