Million Miles Away

 —Tío, ese es tu problema, ¿no lo ves?

Y siguió:

—Hacés un quilombo terrible y después te vas.

Estaba por decir algo, pero continuó.

—No dejás que haya una réplica.

Ahora sí.

—No. Las cosas se habían escalado y no creo que, en ese momento, se hubiesen arreglado.

Me detuve un segundo para pensar mis palabras.

—A veces necesito tomarme un tiempo para ordenar las cosas en mi cabeza, enfriarme, tomar distancia y mirarlas desde otra perspectiva.

—¿Y por qué no lo hiciste con D*?

Bajé la vista.

Tardé unos segundos en contestar.

—¿Vamos otra vez a lo mismo?

—Analia, no pelees las batallas de otros.

—No le diste nunca derecho a replicar, y eso yo lo sé...

—¿Y quién decidió eso?, ¿Vos?

—Si! Sabía perfectamente que cualquier cosa que dijera en ese momento iba a ser mentira. Partiendo de esa base, no tenía mucho para hacer.

Hice una pausa.

—Ana... sigo dolido. ¿Qué querés que te diga?

—Es un duelo que todavía no puedo terminar. La felicito por haber seguido adelante. No esperaba menos. Siempre fue más fuerte que yo en ese sentido.

Analia replicó:

—No se iba a quedar esperándote.

Asenti despacio

—Ni yo esperaría por mí.

—Qué boludo.

Sonrió. Nos quedamos callados un momento, hacía un poco de frío en el jardín.

—Me voy en un par de días y no quería irme enojado y triste otra vez.

—Con una ya alcanza y sobra.

—Claro.

—Además, vos ves más cosas que los demás, o al menos las decís. Y eso es un gran logro.

Proseguí.

—Y, a diferencia de tu vieja, por lo menos tenés más empatía.

—La falta de empatía es de familia. A veces se salta una generación.

Sonreí.

—Bah... en realidad, tu mamá también es empática. A su manera.

—¿Como la vez que te corrió con un palo por toda la cuadra?

—Claro.

Se quedó unos segundos en silencio.

—Vos sabés que te quiero, tío. No me gusta verte así.

—No estoy mal...

—¿Entonces?

Miré alrededor. La cocina seguía siendo la misma, el jardín había cambiado. también los imanes de la heladera. La casa no había dejado de ser mi casa. Había dejado de ser mi lugar.

—Nada... Creo que entendí que este ya no es mi lugar. La nostalgia nunca fue por esta casa... ni por Lanús... ni siquiera por Buenos Aires.

Sonreí con un poco de amargura.

—¿Querés que le diga algo a D*?

—No, Anita. Dejala ser feliz. Se lo merece. Que, al menos, uno de los dos sea feliz... y que el otro pague... por los dos.

—No tiene que ser así.

—Esta vez sí, linda.

Cambié un poco de tema.

—¿Cuánto te falta para recibirte?

—Tres años. O menos, quizá.

—Vamos a hacer dos cosas. Cuando te recibas, avisame. Yo te pago los pasajes para que vengas a visitarme durante un mes y conozcas ese lugar del que tu tío Lucas y tu tía Laura quedaron fascinados. De paso, me das tiempo para ahorrar.

Se rio.

—Y segundo. Cuando quieras empezar a trabajar, avisame. Te escribo una carta de recomendación y hago todo lo posible para que entres a la empresa. Sé lo difícil que es empezar en el mundo laboral, y yo puedo darte una mano. No la desperdicies.

Le di un abrazo, como no lo hacía desde hacía mucho tiempo.

Ella me devolvió el abrazo con fuerza.

—No desaparezcas tanto tiempo otra vez.

—No estoy tan lejos. son un par de husos horarios, nada mas

—No me refiero a los kilómetros.

Me aparté apenas y le dije al oído:

—Acepto tu perdón, Pirula.

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