Monday Morning Airport (POV D*)
Estaba caminando buscando mi puerta de embarque. Todavía faltaban un par de horas para subirme al avión, pero bueno, ya estaba ahí. Mi novio no había llegado todavía; me dijo que la autopista estaba embotellada, que iba a llegar, quizás cagando, pero que iba a llegar.
Llevaba un pequeño carry-on y mi cartera con las cosas esenciales.
Mirando hacia adelante, sin hacer contacto visual con nadie en particular. Muy adelante, veo a alguien que reconozco.
Estaba ahí parado, acomodándose la camisa con el saco y mirando su pequeño relojito. A unos escasos metros levanta la cabeza y me mira, sorprendido. Le sonrío y él me sonríe.
En ese instante recordé todas las veces que lo había visto antes.
Con rastas, pelado, con jopo, con sangre en las manos, enojado, asustado, y con miedo, detrás de una cámara, sonriendo, con su remera de Ramones, con barba o sin ella, apesto y sin bañarse por dias, saltando en medio de un reci, medio borracho, riéndose a carcajadas, con lágrimas en los ojos, transpirado, con cajas en las manos, con los puños cerrados, con bermudas y en ojotas, saltando de bomba en la pileta... hasta una vez le vi el culo.
Estaba vestido para viajar por trabajo. Camisa, pantalón prolijo... muy distinto al N* que vi durante años.
Lo primero que me dice:
—¿Estás haciendo la putivuelta?
Me río.
—Viste que a esta edad, o la tuya, la putivuelta se hace acá.
—¿A dónde es el casamiento, bautismo o comunión?
Se ríe.
Nos abrazamos. Hacía meses que no nos veíamos. Él tenía un carry-on y una mochila.
Estaba más elegante que nunca y prolijo por sobre todas las cosas.
No parecía él, perfumado y contento.
Sus canas en la cabeza y en la barba le quedaban bien. Tenía su panza de cerveza que nunca se la iba a poder sacar.
—Un lunes por la mañana, la única respuesta es "laburo".
—¿A dónde?
—México DF. Un mes. Relevar el procesamiento de una planta que anda con problemas, capacitación y más cosas aburridas. ¿Vos?
—Vacaciones. San Andrés.
—¡Bien ahí!
—¿Sola?
—No, con mi novio. Pero está un toque demorado.
Estaba un poco fastidiada, pero por suerte N* estaba ahí para acompañarme al menos por un rato.
—¿A qué hora sale tu vuelo?
—En un par de horas, llegue temprano.
—Bueno, hay tiempo entonces. No hay que dejar esperando a una morocha que raja la tierra como vos.
N* casi nunca me había dicho un cumplido así. Siempre era medio malvado diciéndome cosas lindas. Creo que siempre fue su forma de poner una distancia, aunque a veces se pasaba de boludo...
—¿Querés ir a tomar un café y hacer tiempo? Te invito.
—Dale, pero yo te invito.
—¿Qué? ¿Acaso mis patitas de cucaracha que tengo en la billetera no valen?
Me causó gracia y me salió esa risa estruendosa que a él también le causaba gracia.
—Bueno, pagá vos, que se te va a caer el pito si no.
—Eso se cayó hace rato.
—Tarado.
Se arremango un poco la camisa y le vi ademas de su relojito casio dos swifty brestlest y me conto que Analia le había hecho esas pulseritas. Una decía "birra" y la otra "milanesa".
El muy cabezón me ofreció regalarme una. ¿Cómo le iba a aceptar un regalo que le había hecho la sobrina? Le dije que se las quedara, que para mi cumpleaños me haciera una él, me pregunto
—¿Y qué querés que diga?
—No sé... mi comida favorita.
—Risotto.
Lo dijo de forma automática, no me sorprendió que acertara, me causó gracia la velocidad con la que respondió.
Terminamos hablando de regalos de cumpleaños y de las boludeces que uno puede llegar a regalar cuando conoce demasiado a la otra persona.
Me preguntó por mis viejos. yo por Analía y su hermano, hablamos un rato del trabajo.
Nos reímos bastante recordando historias.
En un momento N* Abrió la mochila para acomodar unas cosas y apareció la cámara.
—¿Me vas a sacar una foto?
le pregunté.
Lo vi dudar un segundo.
—¿Puedo?
—Vos sí.
Se alejo poquito y levantó la cámara. Enseguida empezó a hacerme bromas.
—¿Siempre salís con cara de boluda?
Me hizo reír. Disparó.
—Vamos con otra... esta vez tratá de no ponerte bizca.
—¿Qué?
Volvió a disparar mientras me reía.
Hizo un par de movimientos entre la cámara y el celular, en menos de un suspiro, ya me estaba pasando las fotos....
No estaba buscando la foto perfecta. Estaba buscando que me olvidara de que me estaba sacando una foto.
Hacía mucho que nadie me sacaba una foto sin esperar nada a cambio. Ni una historia, ni una publicación, ni un canje.
Dejo la camara a un costado y saco su Nintendo Switch, y ahi me cae la ficha de que me había olvidado la mía.
Entré en un micro pánico. En la cartera y no estaba, busqué en la valija, tampoco.
N* me vio preocupada.
—¿Qué te pasó? ¿Qué te olvidaste?
—No me lo vas a creer.
—¿Qué? No me digas que te olvidaste las pastillas.
—Jajaja, no... peor.
Me olvidé mi Switch.
—Uh... eso sí que es grave...
—Tranca, llevate la mía.
—¿Qué? ¿Estás en pedo?
—No. Llevala. Yo sé que la vas a cuidar. Eso sí... avisame si vas a comprar algún jueguito, así te lo autorizo.
—No, N*. Es un montón.
—Llevatela, no seas paspada. Seguro que no la vas a usar. Vas a estar entretenida haciendo otras cosas.
Se ríe cómplice.
—Uhhf... sí...
Era sarcasmo.
Las cosas con Daniel no estaban bien y este viaje era para darnos una oportunidad de ver cómo seguíamos.
No era la primera vez que estábamos en un estado así, habiamos salido de cosas peores.
—Vas a un lugar hermoso, a pasar lindos días. Usá la Switch cuando vayas a cagar o para hacer tiempo. Como hago yo...
—Gracias.
—¿Tu novio tiene una?
—Sí.
—Mejor aún, asi juegan en red
Sonrió.
Nunca me había detenido a mirar su sonrisa, y su mirada, con esos ojos chiquitos que tenía y penetrantes, miraba como si estuviera buscando algo dentro de una.
Era una mirada un poco intimidante, pero a su vez gustaba.
Como que lo dejabas que te viera.
A veces creo que él ganaba peleas directamente con la mirada.
—¿Y vos?
—¿Yo qué?
—Un mes en DF sin Switch.
—Tranquila. Tengo mi Kindle y ese no te lo presto... Además llevo la cámara y tengo pensado pasear un poco por...
N* deja de hablar cuando escucha que mi novio me manda un mensaje.
No quería verlo.
Estaba más entretenida charlando con N* que otra cosa.
Como no le respondí, me llama y lo atiendo.
Me dice que está llegando.
N* miraba la gente como pasaba. Él nunca agarraba su celular cuando estaba con alguien, era su costumbre.
Le pregunto:
—¿Qué estás leyendo ahora?
—A Mariana Enríquez - Las cosas que perdimos en el fuego.
—Uh.
—¿La conocés?
—Leí sus cuentos por ahora.
—Me gusta porque escribe sobre lugares donde estuve y de terrores que son reales.
—¡Viste! Muy buena.
Charlamos un poco más.
En eso anuncian su vuelo.
—Che, ahí están anunciando tu vuelo.
—Sí, sí... ya lo escuché. Pero viste cómo es esto. Primero van los ansiosos, niños, las viejas y gente con problemas de movilidad. Después va el resto.
Seguimos charlando un rato más.
De los próximos recitales que se venían, se decía que el año que viene venía Blink, fantaseamos con ir a verlos. Que me iba a empujar al medio del pogo. y nos reíamos.
Hicieron un segundo anuncio.
Esta vez sí reaccionó y preparó sus cosas.
Me dijo:
—No me preocupa dejarte sola. Sabés cuidarte bien, D*.
Nos miramos unos segundos, siempre me miraba como igual, pero esta vez miró con dulzura. pocas veces lo hacía. como no queriéndose ir. Debo reconocer que me pasaba lo mismo, me hubiese gustado que se quedara un rato más charlando.
Creo que si me miraba un segundo más me tiraba encima de él.
Bajó la mirada un instante, como buscando algo en la mochia.
luego me agarra de la mano, me mira. y me dice:
—Qué bueno encontrarte... nos vemos.
Sonríe.
Se levanta, yo también, me dio un abrazo fuerte. Sentí un perfume suave. No recordaba que N* usara perfume, le quedaba bien, nos soltamos. Ahí fue cuando me di cuenta de que el corazón me estaba latiendo demasiado rápido. Nunca me había pasado eso con N*, era como si lo viera desde otro lado.
—Nos vemos a la vuelta... y cuidame la Switch, que sé dónde vivís, ¿eh?
—Cuando llego la vendo en Mercado Libre... quizás me dan unos pesos...
No me llegó a escuchar.
Me quedé mirándolo mientras se iba, mientras se perdía entre la gente, se dio vuelta, me sonrió y siguió.
Darse vuelta era algo que nunca habia hecho.
Hasta hoy.
Al poco tiempo llegó mi novio y todo siguió como si nada hubiera pasado. Pero algo sí había pasado.
Mientras Daniel hablaba y hablaba, mi cabeza seguía unos metros más adelante, caminando al lado de N* hacia la puerta de embarque de ese vuelo a México DF.
Hablando de boludeces, de música, de historias inexistentes, como si todavía hubiera quedado un rato más para los dos.
Algo había cambiado.