Tu Fin

Sábado: Tienes hasta el lunes a la noche para juntar tus cosas, llévate todo lo que quieras.

El martes por la mañana vengo a levantar lo que hubieras dejado y paso por la inmobiliaria a rescindir el contrato. Si querés quedarte en el departamento, avisales a ellos; estás por tu cuenta. Yo voy a dar de baja mi garantía.

No me fui a la casa de Cañuelas; también hablé para ponerla en alquiler. Hablé con mi familia y les dije que las cosas con D* habían terminado. Me había salido un trabajo temporal afuera, no quería dar muchos detalles.

Alquilé un departamento por Airbnb cerca de la oficina, en el centro, por el tiempo que me iba a quedar acá, en Buenos Aires. Solo me llevé una valija con ropa y algunas cosas que necesitaba para irme a la mierda.

Ese mismo día me puse en contacto con una empresa que guarda muebles y otras pertenencias para dejar todo lo que hubiera quedado en casa. No podía hacer otra cosa que moverme lo más rápido posible.

La empresa ya me había conseguido los pasajes a Bangkok para el lunes siguiente. Mierda, yo quería irme antes, ¡ayer!


Domingo: El teléfono no paraba de sonar. Era ella. Lo dejaba sonar hasta que cortaba; terminé bloqueándola. Después llamaron algunas de sus amigas; bloqueadas también. WhatsApp, lo mismo. Cualquier número que no reconocía, no lo atendía.

Fue el peor fin de semana de mi vida, y la semana siguiente parecía no mejorar. Necesitaba desaparecer, convertirme en un átomo o menos que eso.


Lunes: Trámites en el banco: habilitar la cuenta para usarla desde el exterior, un chip nuevo para el teléfono y gestionar el poder para Valentina.


Martes: No fui al departamento. Ese mismo día fui al estudio de este abogado/escribano en cuestión. Lo conocía por haber hecho algunas cosas con él.

Saludé al Dr. Sanguineti y me dice...

—¿Así que te vas?

—Sí.

—¿Y la doctora?

—Bien.

—¿Va con vos?

No respondí su pregunta. Mientras firmaba los papeles, continué...

—Listo, ¿cuándo le digo a mi hermana que puede pasar?

—Eso es un no.

Se autorrespondió.

—Cualquier día hasta las siete de la tarde estamos.

—Excelente, gracias.

Le pagué sus honorarios y me fui.


Miércoles: Por la madrugada llegué con varias cajas grandes. Se había llevado muchas. No me importaba si eran mías o de ella. Todo lo que no se llevó lo guardé en cajas.

Debo reconocer que me dio pena verla semivacía. Vaciar mi casa —o, mejor dicho, mi ex casa— me llevó mucho más tiempo del que había imaginado. Para cuando terminé, ya no era ninguna de las dos. Era apenas un departamento vacío.

Como una hormiga iba llevando cosas hacia el depósito. Los electrodomésticos se los di a mi sobrino Juan, que tenía ganas de irse a vivir solo. Le dije que los fuera a buscar al depósito cuando hubiera encontrado un lugar.

Iba tachando cosas en la lista de papel y cada vez quedaban menos. Si había algo que se me ocurría, lo anotaba.


Jueves: Entregué la llave en la inmobiliaria y rescindí el contrato.


Viernes: Cené con Andrés, y fue uno de los pocos a los que les dije la verdad: que D* me había cagado, que no me iba a bancar algo así otra vez. Ya me había pasado, y por perdonar me fue peor.

Además, ya me había asegurado una posición en la empresa para hacer Investigación y Desarrollo en la sede de Tailandia. Me iban a pasar como empleado temporal, pero la idea era trabajar de forma permanente. No sabía cuándo iba a volver, y tampoco tenía ganas de volver.

Fue como una confesión con alguien que sabía perfectamente que no iba a hablar con nadie (y así fue).


Sábado: Ya tenía todo casi listo. Fui a lo de mi vieja a despedirme; le dije que viajaba al otro día. Valentina había salido con el marido a pasear y los chicos estaban afuera.

Me preguntó qué había pasado con D*. No quería quebrarme delante de ella, así que repetí el mismo discurso: que las cosas no funcionaron, que se acabó el amor.

Ella no dijo nada. Sabía que no era cierto.

—Pensé que iban a estar mucho más tiempo. Siempre los vi bien; se complementaban, como si fuesen un equipo de dos.

Se me hizo difícil tragar saliva y no explotar.

Le dije que pensaba lo mismo, pero bueno, son las cosas de la vida.

Me contó que D* había pasado un par de horas antes a preguntar por mí, que quería hablar y arreglar las cosas.

—Acepté un trabajo lejos de acá. Es temporal; seguramente vuelva en un par de meses y quizás podamos sentarnos a charlar y ver dónde estamos parados.

Ella sabía cuándo mentía.

—Sos pésimo mintiendo, hijo.

—¿A dónde vas?

—A China.

—¿Y qué sabés de China?

—Poco, pero sé bastante de alimentos y producción.

—...Los chinos también.

—Sí, pero la empresa me eligió a mí.

Me preguntó si había ido a hablar con sus padres. Le dije que no, que prefería no complicar más las cosas.

No dijo nada. Solo miró el suelo, como si buscara una respuesta que no existía.

Me quedé un rato hablando con ella de cosas de la casa. Le dejé un par de notas por si necesitaba algo, le pasé mi número y le pedí que solo me escribiera si era algo crítico. Ni urgente, ni importante: crítico.


Después de despedirme de mi vieja, me dirigí al restaurante donde trabajaba Lucas. Habíamos quedado en cenar, pero él estaba ocupado.

Me senté a esperarlo, con la mochila en mano, y miré hacia la calle, viendo cómo se iba a largar a llover dentro de poco.

Le dije que me iba por un tiempo. Me preguntó adónde. Le dije que a Tailandia, y ahí se despachó con los lugares para visitar, comer, divertirse, etc. Le recordé que ya conocía Tailandia y que iba por trabajo, no de joda, pero que lo iba a tener en cuenta. Él siempre tenía buenas intenciones.


Domingo: Repasé la lista. Mi vuelo salía el lunes por la mañana.

Desbloqueé el número de D* en WhatsApp. Cayeron una infinidad de mensajes que no quería ni mirar; solo mandé un audio directamente.

Le dije que me iba lejos, que no creía que volviéramos a vernos. Me dolía irme queriéndola igual. Le pedí que le diera un beso a sus viejos de mi parte.

Si se había olvidado de quedarse con algo, todo estaba guardado en un depósito. Le pasé la dirección y le dije que podía retirar lo que quisiera de mi parte.

No me iba porque hubiera dejado de quererla. Me iba porque ya no sabía cómo seguir si me quedaba.

A pesar de todo, le deseé que tuviera una gran vida.

Mi voz se quebró al final.

Luego volví a bloquearla.

Sentía un vacío absoluto, pero, a su vez, me tenía que seguir moviendo. No era yo, sino otra persona controlándome.

Recuerdo que esa noche no pude dormir. Entre la lluvia, los truenos y mi cabeza, parecía que el tiempo no pasaba más. Era una tortura perfecta.


Lunes: Llegué temprano al aeropuerto. Llovía y puse el tema Lifetime en repeat. Cuando terminaba volvía a empezar; después otra vez. No sé cuántas veces la escuché. Con cada vuelta parecía despedirme de ella de nuevo; con cada vuelta sentía que se terminaba todo otra vez, y otra, y la escuchaba otra vez, como si alguna repetición pudiera cambiar el final.

Esta vez no hubo ni un beso ni un adiós.

Cuando subí a un avión fue el primer momento en el que sentí que ya no había un retorno, ni siquiera remoto. Todo el mundo que conocía se había acabado y, definitivamente, ya no había nada más.


Luego de cuarenta horas de viaje y mucho jet lag, llegué a un hotel en Bangkok.

Cerré la puerta, me apoyé contra ella y me largué a llorar. Las lágrimas me quemaban las mejillas, pero no podía parar. Lloré de bronca e impotencia, por mis impulsos, por no entender por qué me había pasado eso, por miedo.Era un viejo de mierda en una ciudad que no conocía. Porque tenía que volver a empezar, y no tenía ganas ni quería. Lloré porque la amaba y la odiaba. Porque por una simple calentura estaba en la loma del culo.

Ya nada iba a ser lo mismo. Ya no.


Y al otro día tenía que trabajar.


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